May
14
2011
Bicentenario por una patria con real soberanía e independencia PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por JoseMa Martínez   

El 14 y 15 de mayo de 1811, el Paraguay conquistó su independencia política de España, una fecha que sin lugar a dudas debe ser motivo de alegría y celebración, ya que la autodeterminación de los pueblos es el primer valor y principio en que se sustenta toda sociedad civilizada.

Pero la satisfacción no es total ni absoluta porque hoy, a 200 años de aquella gloriosa gesta, nuestro país está aún lejos de proclamar la vigencia de su plena libertad y soberanía. Razones históricas, un oprobioso enclaustramiento geográfico, la traición de muchos hijos de este mismo suelo y la insaciable angurria de nuestros principales vecinos nos han sometido a una expoliadora dependencia económica, del Brasil y la Argentina, a lo largo de estos dos siglos de vida emancipada. Aunque la independencia política de España haya sido asegurada, es preciso poner término a la imperialista subordinación económica a la que estos países vecinos nos sometieron durante este tiempo.

Hace 200 años, los próceres de la Patria depusieron del cargo al gobernador colonial Bernardo de Velasco, liberando al Paraguay de la dominación española que lo sometió durante casi tres centurias. “Las cosas de la provincia llegaron a tal estado que fue preciso que ella se resolviese seriamente a recobrar sus derechos usurpados para salir de la antigua opresión”, declaraba la Junta Gubernativa nacional, conformada tras la emancipación.

En los años que siguieron a nuestra independencia, los iniciales gobiernos republicanos debieron luchar tenazmente por conservar la libertad de nuestro pueblo, principalmente de la intención anexionista de la provincia de Buenos Aires.

Luego, el expansionismo y afán hegemónico de nuestros vecinos nos significaron la pérdida de extensos territorios, arrebatados por la fuerza de las armas.

El poder de la razón y del derecho nos permitió, sin embargo, retener el Chaco Boreal cuando el mitrismo insaciable pretendió arrebatárnoslo. Décadas después, hubo que defender la soberanía ultrajada por nuestro vecino del norte, Bolivia.

Nuestros dos grandes vecinos, Brasil y Argentina, no satisfechos con habernos sustraído las tierras, vinieron entonces por nuestros recursos. Por unos pocos pesos adquirieron nuestra yerba, se llevaron del Chaco nuestros quebrachos convertidos en tanino, talaron nuestros bosques de la Región Oriental y los transformaron en madera. Grandes fortunas de San Pablo y Buenos Aires se hicieron gracias a la explotación indebida de las riquezas del Paraguay.

Sin embargo, la codicia incontenible de los desalmados vecinos a los que el destino nos vinculó eternamente no tiene fin. No contentos con privarnos de tierras y bienes, se llevaron igualmente los recursos que la naturaleza tuvo a bien legarnos. Nos domeñaron entonces para entregarles a precio irrisorio la energía eléctrica generada con nuestras propias aguas. La sujeción fue tal que dispusieron por sí mismos la extorsiva obligación de entregarles toda la producción, obstaculizando en forma muy importante nuestras oportunidades de crecimiento económico.

El caso de Itaipú es paradigmático del imperialismo de nuestro “socio condómino”, Brasil. Treinta y siete años después de suscrito el tratado que le dio origen y a veinticinco de la puesta en marcha de la hidroeléctrica, Paraguay todavía sigue reclamándole la libre disponibilidad de la energía para que nuestro país la comercialice según su propio criterio y conveniencia. Está pendiente la recuperación de nuestra soberanía energética de este agraviante despojo.

Pese a la actual fanfarria y al ficticio escenario montado por la propaganda oficialista con la finalidad de engañar a la opinión pública acerca de la verdadera naturaleza y los reales alcances del mentado acuerdo convenido por el presidente Lugo con su entonces homólogo Luis Ignacio Lula da Silva, lo aprobado el miércoles pasado por el Congreso brasileño no es otra cosa que la misma migaja obtenida por su antecesor Nicanor Duarte Frutos para beneficio político y personal, a cambio de su renuncia a cualquier reclamo relativo a la restitución de nuestra soberanía en el citado emprendimiento binacional mediante la renegociación del Tratado.

A semejanza del presidente del “cambio”, en su oportunidad el gobernante colorado también había presentado el hecho como un histórico logro de reivindicación nacional, cuando en realidad –como ahora– no se trató más que de un insignificante aumento de la mísera suma que venía pagando Eletrobrás por la energía paraguaya que nos escamotea para comercializarla en Brasil por más de 15 veces de lo que le cuesta conseguirla.

Todo esto se debió a la avaricia sin límites de nuestros vecinos, pero también por el entreguismo y la traición de algunos malos paraguayos, que vendieron sin empacho los intereses y la dignidad de la Patria. Algunos de ellos aún hoy se pasean impunes por nuestras calles, ostentando impúdicamente las riquezas obtenidas al ignominioso precio de su deslealtad.

Aún cuando en los últimos 20 años hay un país democrático con un escenario de libertades que nunca fueron tan prolongadas y sostenidas, todavía hay factores de dependencia no superados que conspiran contra una mayor calidad de vida.

Pobreza, ignorancia, incapacidad para defender la soberanía ante los países más poderosos, corrupción, servicios públicos ineficientes, políticos que traicionan la voluntad de sus electores y anteponen sus intereses a los de la República, educación mediocre, salud desatendida, Justicia movida por dinero, carencia de liderazgos políticos y sociales, inseguridad y otros tantos males forman parte de la estructura de dependencia que todavía persiste.

Los grandes responsables de esta situación son los actores políticos que nunca buscaron con convicción verdadera el despegue del Paraguay. Prefirieron que sus habitantes estuvieran sojuzgados y no que fueran libres y maduros. No son la única causa.

La ciudadanía que les dejó hacer durante dos siglos también tiene su cuota de participación en el actual estado de cosas.

Así las cosas, no habrá demasiado para celebrar mientras el Paraguay siga haciendo “dependiente su suerte de otra voluntad”. Aunque la independencia política de España haya sido asegurada, es preciso poner término a la imperialista subordinación económica a la que tanto Argentina como Brasil nos sometieron a lo largo de estos dos siglos. De lo contrario, en abierta contradicción a lo expuesto por los héroes de la independencia, estaremos aceptando que cambiamos unas cadenas por otras y apenas nos limitamos a mudar de amo.

El gobierno del presidente Fernando Lugo debe continuar exigiendo la total y definitiva soberanía paraguaya ante todos aquellos poderes del mundo que pretenden dominar los bienes que nos pertenecen y por los que tanto sacrificio ha hecho este pueblo. Solo así, cuando nuestros derechos prevalezcan de manera irrevocable, los paraguayos estaremos realmente en condiciones de entonar con verdadero honor y orgullo las estrofas del himno patrio: “Ni opresores ni siervos alientan donde reinan unión e igualdad”.

 
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